Las reglas para el buen cantor de Camillo Maffei

Héctor Guerrero
Portada de las Lettere de Camillo Maffei (Nápoles, 1562)
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Camillo Maffei publicó en 1562 un libro en Nápoles titulado Lettere (literalmente, Cartas) en castellano. En estas cartas deja constancia de una serie de normas para el fare di gorgia (cantar de garganta, literalmente) que no es más que «ornamentar» en los madrigales y obras de polifonía.  A continuación tenéis el texto traducido literalmente del italiano para aplicar en la interpretación de los madrigales y toda la música «de recreación» o solaz, esto es, la música profana de la época renacentista. 

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La primera regla, pues, es que el que quiera abrazar esta virtud debe huir, como capital enemiga, de la afectación, pues es más fea en música que en otras ciencias, cuanto menos pretenciosamente se debe practicar la música. No necesito aducir otra razón para esto que la experiencia misma, que vemos todos los días; pues muchas personas, para poder cantar algunas notas con un poco de gratitud, se enamoran tanto de sí mismas mientras cantan, que las gentes que las rodean se burlan de ellas; Y después que han cantado, nada menos que por la ciudad, pasan con los pies lo que han pasado con el torbellino, y van tan altivos y humeantes, que más fácilmente son rehuidos de todos que reverenciados. Huya, pues, ahora la complacencia de sí mismo, sin dar a entender que hace o quiere hacer profesión de ella.

 

La segunda regla es que la hora en que se ha de hacer este ejercicio sea por la mañana, o cuatro o cinco horas después de comer, porque en un momento en que el estómago está lleno, la garganta no puede estar tan aguda y clara como se requiere para enviar una voz clara y serena, que es necesaria más que nada para el canto de la garganta.

 

La tercera regla es que el lugar donde se ha de ejecutar este ejercicio sea en una parte en que responda el eco solitario, como son algunos valles sombríos y rocas cavernosas, en los cuales, respondiendo a los que razonan con ella, y cantando con los que cantan con ella, pueda fácilmente demostrar si los pasajes son buenos o no, y ejecutar el oficio con voz viva.

 

La cuarta es, que ninguna otra parte del cuerpo se mueva en absoluto, a no ser el susodicho cartílago cimballare; porque si los que cantan con la cabeza baja, o tiemblan con los labios, o mueven las manos o los pies, nos parecen feos, hemos de persuadirnos de que, haciendo lo mismo, hemos de parecer feos a los demás. Y de éstos vemos muchos que, o por falta de esfuerzo al principio, o porque no se han dado cuenta de la mala práctica, no pueden de ningún modo, cuando cantan, quedarse quietos y ser conscientes de ello.

 

La quinta regla es que debe tener un espejo delante de los ojos para que, cuando se mire en él, se dé cuenta de cualquier acento feo que pueda poner al cantar.

 

La sexta es que debe estirar la lengua de modo que la punta alcance y toque las raíces de los dientes inferiores.

 

La séptima, que mantenga la boca abierta, y justa, no más de lo que uno la mantiene cuando razona con los amigos.

 

La octava es, que debe empujar el aliento un poco, un poco, con la voz, y tener mucho cuidado de que no salga por la nariz o por el paladar, lo que sería un error muy grande.

 

La novena, que quiera conversar con aquellos, que cantan con mucha gracilidad de garganta, porque oyéndola, deja en la memoria cierta imagen, e idea, que da no poca ayuda.

 

La décima es que este ejercicio debe hacerse muy a menudo, sin hacer como algunos, que, una o dos veces que no han cumplido su propósito, se marchan inmediatamente, y se quejan a la Naturaleza de que no les ha dado la capacidad y disposición que se les exige. Por lo tanto, atribuyéndole a ella lo que debe atribuirse a su pereza, cometen (a mi juicio) un gran error. De manera que estoy completamente seguro, que el discípulo, amonestado por Eco en su voz, y advertido por el espejo en sus acentos, y ayudado por el continuo ejercicio, y asimismo oyendo a los que cantan con gracia, adquirirá tal conocimiento, que fácilmente podrá aplicar los pasajes en toda clase de madrigales o motetes.

 

Pero porque estas reglas requieren algún ejemplo de anotaciones, por el cual se pueda, de paso, adquirir la disposición de la gorga, poco a poco; por esta razón imprimo las notas abajo firmadas, y reduzco a un orden muy breve lo que ya he dicho en dichas reglas; Digo que el discípulo, después de haber tragado su alimento y haber sido conducido a algún valle resonante, o cueva, u otro lugar, y después de haber sostenido un espejo ante sus ojos y estirado su lengua de la manera que he dicho, y sostenido firmemente su cabeza y todas las demás partes de su cuerpo, debe usar estas notas para expulsar su aliento poco a poco, llevando la letra a su boca, o, por la razón que daré a continuación.

 

[…] Estas son las notas, y son de tal manera que están anotadas, para dar un fácil principio a esta empresa, donde se me ocurre decir, que no se debe en modo alguna pasar de un pasaje al otro sin haber entendido muy bien el primero y su disposición y, a propósito, para quien me diga que no he puesto claves en estos ejemplos, lo he hecho para que se pueda comenzar con cualquier nota, digo, ut, re, mi fa, sol, la. Así, tanto ascendiendo como descendiendo, y tanto de salto como por grado conjunto y a todas estas cosas añado que tanto las quintas como las octavas que contienen son de esta forma variadas para que se puedan mezclar, quitando bien el principio o la mitad de un pasaje con el final del otro o, al contrario. Se cojan primero las notas rectas y después las redobladas sin decir ahora en ese lugar y en qué sílaba del madrigal se deban hacer los pasajes, porque hasta aquí no escribo otra cosa que el modo de adquirir la disposición y la colocación de la garganta. Pero como el discípulo se sintiese poco satisfecho después de adquirir la disposición de garganta con la industria y el orden ya dicho al aplicar estos pasajes a los madrigales, o a cualquier cosa que cantase, he escrito aquí abajo este madrigal razonando después de muchas reglas que a tal propósito son necesarias (p. 40-41)

 

p. 58

 

La primera regla entonces es que no se hagan pasajes en otros lugares que no sean las cadencias […]

 

La segunda regla es que en los madrigales no se hagan más de cuatro o cinco pasajes […]

 

La tercera regla es que se haga el pasaje en la penúltima sílaba de la palabra […]

 

La cuarta es que se haga el pasaje en la sílaba de la palabra que lleve la letra /o/ […]

 

La quinta regla es que cuando se cante en concierto cuatro o cinco voces el uno deje sitio al otro porque si dos o tres hacen pasajes todo el tiempo se confundiría la armonía. Y por cuanto en estas reglas se comprende, se hace ejemplo manifiesto en el madrigal de más arriba.